En la bolibariana novela de García Márquez
“El general en su laberinto” hay un personaje histórico producto de un trasplante no por habitual menos fascinante, el de un militar irlandés en medio de la revolución panamericana llamado
O'Leary (el romanticismo británico salpicó de
byrons la multitud de revueltas idealistas del XIX). Este edecán de Bolívar, en medio de una arriesgadísima travesía por un desfiladero en la que se jugaban una vez más todo a una carta, le confiesa al general sin solemnidades que a veces tiene la sensación de
estar viviendo el destino de otro.
La frase no es nueva (nada lo es, por cierto, en esta novela histórica de Gabo excepto su envolvente estilo cristalino, ya que prácticamente sigue al pie de la letra el profundo ensayo, éste sí plenamente original, de nuestro Maradiaga), pero su expresividad y concreción son inquietantes. Creo que muy pocos se escapan al
síndrome de O'Leary.
Dos ejemplos muy personales. Mi padre
quiso ser ingeniero naval, síntesis exacta de sus dos pasiones por el mar y las matemáticas, pero motivos familiares le empujaron a continuar una larga tradición jurista que le llevó hasta la abogacía del estado y de rebote a la banca, con muy brillantes resultados. Alguna vez se ha preguntado cómo habría sido su vida de haber impuesto entonces su voluntad. Mi caso es el del aspirante a escritor que, descubierto el estimulante mundo de la publicidad, aspiraba como mínimo a vivir de la creatividad comercial mientras llegaban las grandes novelas, y que sólo lo ha conseguido apenas unos años en los 90, lo de la creatividad digo, que para las novelas sigo siendo un genio aplazado (me encanta esta consoladora expresión leída hace poco). En este momento me gano una cómoda posición económica (invertida casi por entero en la formación de mis hijos) como comercial de un operador logístico, lo que no puede ser más distinto y distante de mi voluntad. Yo no me pregunto cómo habría sido mi vida si hubiera conseguido lo que me proponía, entre otras cosas porque ya lo he conocido, pero sobre todo porque hace mucho que me resigné a emplear los remos de mi voluntad a favor de la corriente del destino, o del azar o de lo que sea ese río que nos lleva no sabemos adónde, sólo que nos lleva.
La cuestión es: ¿se puede ser feliz con el destino de otro?
Bueno, también podríamos preguntarnos si hay por ahí alguien con el nuestro, lo que daría para un cuentito muy borgiano. Me temo que la primera pregunta nos llevaría rápidamente a la mucho más resbaladiza de qué es la felicidad, pero mi impresión es que la felicidad sea lo que sea es más un deber que un poder, es decir que depende menos de las circunstancias que del empeño personal, o sea que está en la barca y no en el río, o sea que se puede ser feliz igualmente con el propio destino o con el del vecino. E infeliz de la misma forma.
Claro que hay excepciones, vocaciones nítidas y poderosas en las que la voluntad consigue atravesar y aún remontar caudalosos ríos a contracorriente, pero esto tampoco garantiza la felicidad. Era fácil pensar en un Fernando Alonso feliz cuando consiguió sus primeros triunfos (su estreno en F1, primera pole, primera carrera, primer campeonato) pero ya no parece tan feliz hoy en medio de las dificultades de su tercer campeonato, de la misma forma que tampoco nos han parecido muy felices Maradona y el recién fallecido Best, ni es probable que lo fueran Schubert o Goya o Napoleón, todos ellos triunfadores en su propio destino.
A propósito de Alonso, habría que contemplar también a los
alonsos que se quedan en el camino, muchísimo más numerosos que los que lo culminan, y que quizá tengan la felicidad un poco más difícil, aunque sigo pensando que casi todos, por no decir todos, tenemos las mismas oportunidades de ser felices.
Conocí a uno de estos
alonsos, que fue buen amigo, siempre sonriente; se quedó en las puertas de su destino, lo cambió por otro, y se quitó la vida mucho después por una trágica pérdida que no pudo superar. En su entierro, aturdidos por un chaparrón infinito, no nos creíamos lo que estábamos viendo cuando a uno de los sepultureros se le escapa la cuerda y la caja choca con estrépito contra el fondo de la fosa, y el mismo sepulturero cae resbalando detrás. Como dice un amigo mío, la suerte no existe pero la mala suerte sí, y hay quien la arrastra incluso más allá de la muerte.
Vale, a lo mejor tengo que admitir que es posible que
no todos tengamos las mismas posibilidades para la felicidad.