13.11.09

Para siempre

Para Zlatan

Se fue a nadar tan lejos
Que se dejó su cuerpo en la playa

Tus manos acarician
Sus días extendidos en la arena
Pero ella ya es del agua

Oye, las olas vienen a abrazarte
Imposible distinguir en su estruendo
Nuestros nombres

Mira, esta noche las doradas
Invisibles tienen todas
Las respuestas

Para siempre

19.6.09

Mujer

Rocío le muestra a su madre la noticia sin palabras: esta noche se ha hecho mujer, a los 12 años y medio de haber nacido.

Su madre le abraza y ella "Pero no me vais a tratar de forma distinta por esto ¿no?". Su madre le contesta que claro que no, pero no está segura de haberle entendido.

1.8.08

Cerca

- Es verdad, tu olor es una de tus mejores cualidades.

- No puedes saberlo, hay que estar muy cerca para eso.

- He estado cerca. Mucho.

- Me habría dado cuenta.

- Hay otras maneras de estar cerca.

- Pero no huelen...

- Oh claro que sí. Y se tocan, y saben. Tú dices que lo más profundo es la piel, pero yo creo que en lo más profundo está la piel. Conozco sus temperaturas, cada pliegue, cada poro, cada...

- Joder lo siento, qué putada.

- No, no lo es. Sólo hay que aceptarlo.

- Qué puedo hacer.

- No depende de ti.

- A lo mejor lo más difícil es que lo consiga aceptar yo.

- Es verdad. Lo mejor es que esto no lo hayamos hablado nunca, ¿vale?

- Vale.

17.1.08

Destellos

Para Alicia

Desde un rincón olvidado de tu alma, la niña que se enamoró busca por un instante a su antiguo amante en mis ojos, mirándome a escondidas.

No sé lo que ves, pero si adviertes un leve temblor es porque vuelvo a ver a la niña de la que me enamoré asomada en tu mirada un momento, buscando.

Destellos de la eclosión de un sol hace mil años, resplandor que aún viaja sin su estrella, apenas un diminuto parpadeo en la noche sobre esta costumbre diaria nuestra de querernos.

9.8.07

Vivir el destino de otro

En la bolibariana novela de García Márquez “El general en su laberinto” hay un personaje histórico producto de un trasplante no por habitual menos fascinante, el de un militar irlandés en medio de la revolución panamericana llamado O'Leary (el romanticismo británico salpicó de byrons la multitud de revueltas idealistas del XIX). Este edecán de Bolívar, en medio de una arriesgadísima travesía por un desfiladero en la que se jugaban una vez más todo a una carta, le confiesa al general sin solemnidades que a veces tiene la sensación de estar viviendo el destino de otro.

La frase no es nueva (nada lo es, por cierto, en esta novela histórica de Gabo excepto su envolvente estilo cristalino, ya que prácticamente sigue al pie de la letra el profundo ensayo, éste sí plenamente original, de nuestro Maradiaga), pero su expresividad y concreción son inquietantes. Creo que muy pocos se escapan al síndrome de O'Leary.

Dos ejemplos muy personales. Mi padre quiso ser ingeniero naval, síntesis exacta de sus dos pasiones por el mar y las matemáticas, pero motivos familiares le empujaron a continuar una larga tradición jurista que le llevó hasta la abogacía del estado y de rebote a la banca, con muy brillantes resultados. Alguna vez se ha preguntado cómo habría sido su vida de haber impuesto entonces su voluntad. Mi caso es el del aspirante a escritor que, descubierto el estimulante mundo de la publicidad, aspiraba como mínimo a vivir de la creatividad comercial mientras llegaban las grandes novelas, y que sólo lo ha conseguido apenas unos años en los 90, lo de la creatividad digo, que para las novelas sigo siendo un genio aplazado (me encanta esta consoladora expresión leída hace poco). En este momento me gano una cómoda posición económica (invertida casi por entero en la formación de mis hijos) como comercial de un operador logístico, lo que no puede ser más distinto y distante de mi voluntad. Yo no me pregunto cómo habría sido mi vida si hubiera conseguido lo que me proponía, entre otras cosas porque ya lo he conocido, pero sobre todo porque hace mucho que me resigné a emplear los remos de mi voluntad a favor de la corriente del destino, o del azar o de lo que sea ese río que nos lleva no sabemos adónde, sólo que nos lleva.

La cuestión es: ¿se puede ser feliz con el destino de otro?

Bueno, también podríamos preguntarnos si hay por ahí alguien con el nuestro, lo que daría para un cuentito muy borgiano. Me temo que la primera pregunta nos llevaría rápidamente a la mucho más resbaladiza de qué es la felicidad, pero mi impresión es que la felicidad sea lo que sea es más un deber que un poder, es decir que depende menos de las circunstancias que del empeño personal, o sea que está en la barca y no en el río, o sea que se puede ser feliz igualmente con el propio destino o con el del vecino. E infeliz de la misma forma.

Claro que hay excepciones, vocaciones nítidas y poderosas en las que la voluntad consigue atravesar y aún remontar caudalosos ríos a contracorriente, pero esto tampoco garantiza la felicidad. Era fácil pensar en un Fernando Alonso feliz cuando consiguió sus primeros triunfos (su estreno en F1, primera pole, primera carrera, primer campeonato) pero ya no parece tan feliz hoy en medio de las dificultades de su tercer campeonato, de la misma forma que tampoco nos han parecido muy felices Maradona y el recién fallecido Best, ni es probable que lo fueran Schubert o Goya o Napoleón, todos ellos triunfadores en su propio destino.

A propósito de Alonso, habría que contemplar también a los alonsos que se quedan en el camino, muchísimo más numerosos que los que lo culminan, y que quizá tengan la felicidad un poco más difícil, aunque sigo pensando que casi todos, por no decir todos, tenemos las mismas oportunidades de ser felices.

Conocí a uno de estos alonsos, que fue buen amigo, siempre sonriente; se quedó en las puertas de su destino, lo cambió por otro, y se quitó la vida mucho después por una trágica pérdida que no pudo superar. En su entierro, aturdidos por un chaparrón infinito, no nos creíamos lo que estábamos viendo cuando a uno de los sepultureros se le escapa la cuerda y la caja choca con estrépito contra el fondo de la fosa, y el mismo sepulturero cae resbalando detrás. Como dice un amigo mío, la suerte no existe pero la mala suerte sí, y hay quien la arrastra incluso más allá de la muerte.

Vale, a lo mejor tengo que admitir que es posible que no todos tengamos las mismas posibilidades para la felicidad.

21.6.07

Lo tenían todo

Lo tenían todo para ser felices.

Y les sobraba todo también.

1.6.07

"La vida no narra"

La controversia de si la novela "fácil", "ligera" o "de entretenimiento" es literatura no es nueva. Que se lo pregunten a Dumas.

Acabo de terminar "El buen soldado" de Ford Madox Ford, el considerado puente de la novela inglesa entre los James, Wells, Conrad y los Joyce, Pound, Woolf.

En la dedicatoria a su mujer el autor hace un repaso autocrítico de la gestación de la novela, y justifica su juego formal, muy avanzado en 1915, como una necesidad para narrar la vida, ya que "la vida no narra".

Esta frase tan breve como exacta justifica la ficción, el arte. Pero más aún, justifica que el mensaje es el medio, que el arte es la forma, que mucho más importante que el qué es el cómo, que el estilo lo es todo. Para desentrañar lo que la realidad esconde no basta con observar la vida y contar lo que vemos, porque la vida no se cuenta a sí misma, lo que vemos no pasa de ser una superficie acorazada de sobreentendidos y lugares comunes que no revelan nada, más bien todo lo contrario. Hay que reconstruir la realidad, desmontarla y volverla a montar de otra forma, para empezar a ver algo.

Por eso esta novela es una obra de arte, por ejemplo, y el Código Da Vinci, por ejemplo, es un mero entretenimiento (eso sí, preferible a la TV, en el entretenimiento también hay clases).

Ford Madox Ford, que fue también un (mal) escritor "ligero", quiso con esta novela escribir su gran obra maestra y para ello recurrió a la ironía de utilizar una historia de folletín (al parecer real) y retorcerla formalmente hasta convertirla en una joya literaria: principalmente por el tratamiento del punto de vista del narrador, del que nunca llegaremos a saber del todo cuánto nos está engañando a nosotros y cuánto a sí mismo. De paso hace una ácida revisión de la alta sociedad inglesa y americana, y un tanto turbia y desesperanzada de las relaciones amorosas.

Y lo consiguió, escribir una obra maestra. Él creía que iba a ser la última (pensaba que a un buen escritor le basta con un buen libro) pero luego escribió mucho más, entre otras la gran trilogía "Parade's End", y un montón de mala literatura. También fue un buen editor de revistas literarias de vanguardia, con las que hizo una gran labor de apoyo y difusión de autores como Joyce o Pound.

La vida no narra pero este libro está lleno de vida, casi un siglo después, toda la que le falta a tanto bestseller y, lo que es mucho peor, a tanta (bien escrita) literatura vacía que hoy en día colma nuestras tribunas, premios y academias.

9.5.07

Qué quiso

Para Alfonso

Ella había muerto hacía apenas unos meses, arrollada por un camión cuando estaba en un arcén con el coche averiado.

Él la visitaba todos los fines de semana, sin flores. La última vez, a la vuelta paró el coche en el arcén, se bajó y se puso delante del primer camión que apareció. El camionero aseguraba después que no había cerrado los ojos en ningún momento, y el Samur corroboró que el cadáver los tenía abiertos.

Qué quiso mirar.

30.3.07

soy mar

Luis Muiño dixit: "...al fin y al cabo nuestro cuerpo no es más que agua de mar organizada". "Y nuestro espíritu", pensé automáticamente en el coche mientras oía mi querida Radio 3.

Creo que no se puede decir algo tan maravilloso con menos palabras y más acertadas. El axioma no es suyo, pero Muiño tiene la rara habilidad de renovar las ideas asociándolas con contextos nuevos (quizá toda la literatura no sea nada más, y nada menos, que eso).

El agua sigue siendo un gran misterio para los científicos, cuyos descubrimientos les acercan cada vez más a los mitos antiguos, que intuían el agua no sólo como origen de la vida sino como superorganismo con vida propia (su "mecánica" es diferente de la del resto de los elementos del universo conocido). Se empieza a hablar de "la memoria del agua" por su capacidad de guardar la memoria de los elementos que ha disuelto (el principio de la homeopatía), y posiblemente de la evolución entera de la vida.

"El agua de mar de mis células reacciona recordándome que soy mar" dijo Jacques Cousteau, y los que sabemos de la fascinación serena, íntima y cósmica del mar recordamos desde lejos nuestra intoxicación incurable.

"Cuando el hombre salió del mar se llevó el océano consigo" dijo el fisiólogo Claude Bernard, y me acuerdo de una extraña novela de Ítalo Calvino que leí hace millones de años, "Tiempo Cero", en la que el agua es uno de los leitmotiv, y en la que el protagonista se sabe un el resultado biológico de los peces ancestrales que para vivir en la tierra se dieron la vuelta como un calcetín, dejándose el espíritu fuera y guardándose el universo, el mar, dentro. O algo así, tengo que volver a leerla (me da miedo releer, no vaya a quedarme ya para siempre en la relectura como Borges y renunciar a lo nuevo, el principio del final).

Leer, leer, leer es recordar, y recordar es volver al mar. De donde quizá nunca hemos salido (soy una gota de agua que sueña que es un hombre, que sueña que es una gota de agua que...).

26.3.07

La caverna, 2007 d.c.

El sol de enero es tan bajo que en esta tarde clara veo pasar, rápidas y agigantadas, las sombras de los pájaros reflejadas en los edificios de enfrente.